Anthony Bourdain: solitario y unknown


Nunca se veía peor Anthony Bourdain que las pocas veces que sonreía. El rostro se le partía en groseros dobleces, inflamado como una máscara de Botox, los ángulos de su patricia expresión desaparecidos como por arte de un malintencionado sortilegio.

Qué tipo para ser arrogante, pensé una de las primeras veces que vi uno de sus programas, hace ya muchos años en México.

En aquel entonces Bourdain leía cartas de televidentes que le proponían ir a sus países o ciudades a filmar una crónica. Lenguaraz e irreverente, se burlaba de unos, ridiculizaba a otros, hasta que por fin “escogía” un destino que fuera lo suficientemente exótico para su público.

Pero Anthony Bourdain evolucionó. Sin dejar a un lado su sarcástica personalidad y siempre con la lengua suelta y afilada, se fue adentrando en el arte de la crónica de viajes de una forma magistral.

El cocinero se fue tornando en escritor, cronista, antropólogo, a veces sociólogo; inteligente cicerone semanal para nosotros, los que nos pudrimos en el sofá de la casa. Me hice entonces adicto a sus programas.

Bourdain me parecía un hombre fascinante y sombrío, con lo oscuro de la madrugada de las metrópolis, y la brillantez de las noches de Nueva York.

Bohemio y post hippie, era más facil imaginarlo en intensas sesiones de whisky y cocaína, y nunca de padre amoroso y preocupado, como alguna vez mostró en uno de sus programas –su hija participaba en una competencia de artes marciales en Brasil.

Bourdain parecía una soccer mom. Debo admitir que fue de las pocas ocasiones en que percibí algo falso en sus presentaciones. Aquel entusiasmo filial no me convenció.

Y es que nunca se notó más solo y fuera de lugar Anthony Bourdain que ese par de veces que permitió atisbar en su vida personal, ya sea como padre, o como efímero esposo de una belleza italiana.

Además, ¿a quién se le ocurre pensar que un tipo como Anthony Bourdain puede ser un feliz hombre de familia?

No era ese nuestro Bourdain; era otro y no el que en nuestro egoísmo e ingenuidad (¿quién realmente sabe qué tormenta asola un alma ajena?) demandábamos ver.

¿A quién le interesaba además saber cómo le iba a su hija en la escuela o con sus deportes, cuando Bourdain podía llevarnos hasta una orgía alcohólica en una aldea de las selvas de Malasia o mostrarnos qué se comía en los pantanales de Brasil?

Bourdain era un vagabundo bohemio y genial –vagamundo debería ser palabra– y por ello trascendió el clásico programa culinario de la televisión americana, de cocineros remaquillando recetas trilladas, de comidas asquerosamente pantagruélicas, de competencias anodinas.

Anthony Bourdain en La Habana.

Con sus viajes y reportajes dio rienda suelta a su incisiva curiosidad, a su mordaz escepticismo, insuflando una bocanada de buena televisión entre tanta bazofia.

También visitó Cuba. Allí lo vi almorzando comida italiana (?), manoseando la pasta con un apático tenedor y escuchando, aburrido, las respuestas que le daba su acompañante, un americano aplatanado en la Habana.

Parco en elogios, pródigo en preguntas incómodas, sus sobremesas solían ser más interesantes que la comida en sí.

Sus shows “No Reservations” y “Parts Unknown” (el tema musical de este último, minimalista, áspero, elegante, es definitivamente un sonido Bourdain) nos quedan como obra inconclusa de un hombre solitario que, en espantosa decisión, se dejó engullir por su oscuridad.

Anthony Bourdain, chef, escritor, viajero, juglar, se nos ha marchado por la puerta trasera de su bar personal, tambaleante, sin despedirse.

Se fue como probablemente vivió: solitario, de madrugada.

Y ya lo estamos extrañando.

 

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