Deseos 2018


Esta mañana escuché decir a Aurora que no se movería de su casa ni para ir a la bodega. Ni aunque dieran carne de res por la libreta –y diciendo esto se persignó– se separaba ella del teléfono, pues su hijo llamaría del norte, como todos los diciembres, para felicitarla por Navidad. Todavía medio dormido, aupado por el hambre atroz con que siempre me levanto, iba yo a comprar el pan y me encuentro a María Elena dándole una vuelta a la manzana con una maleta de rueditas. Practicando, según ella, porque sospecha que todos estos años algo estuvo haciendo mal. Quizá porque la maleta es prestada, estuve a punto de decirle, pero me contuve… ¿qué sentido tiene estropear así las fantasías del otro?

Lo cierto es que el barrio ya se sentía patas arriba, aunque no como en los tiempos de ciclón o cuando comienza el verano y la muchachera se la pasa chillando en plena calle, sino diferente. Más alegre, si se quiere, porque los vecinos se cortan el paso con felicitaciones como si de verdad algo nuevo estuviera llegando. Comprendí que estábamos en esta época del año en que la gente de mi barrio se da cuenta de que el tiempo, el implacable, pasa, y nos vamos poniendo viejos en este inútil tira y afloja de siempre. Por eso más que nada acabé regalándome para el desayuno un pan de diez pesos en lugar de la masa a ratos blancuzca, a ratos quemada, de la bodega.

Repasé mentalmente, mientras doblaba la esquina en un soberano bostezo, el guion de los días siguientes: carne de puerco, botella de ron, mesa de dominó, el muñeco viejo que siempre queman en la cuadra de al lado y que ilumina los rostros de la gente con esa alegría, también por la borrachera, es verdad, pero eufóricos de pensar que le están dando candela a todo lo que les ha pasado. Machenka se subiría en cueros a su azotea con un gorro de Papá Noel. La gente tiraría cubos de agua en las puertas de las casas y algún petardo sonaría como remedo de los fuegos artificiales que siempre buscamos, más por instinto que otra cosa, sobre la bóveda inerte de más arriba.

En la cola me encontré a Dagoberto chillando, con su pesimismo de siempre, que dejaran de soñar con la unificación de la moneda y mucho menos con el restablecimiento de los visados, que ya iba siendo hora de que creciéramos y asimiláramos que los Reyes Magos, por lo menos en esta vida, no existen. De pronto, ante estas palabras, di un respingo. Tomaron forma en la pantalla de mi mente la mano de Aurora blandiendo victoriosa, a modo de abanico, el inmenso muñeco de nieve que había hecho su hijo por primera vez, a los treinta años, y las rueditas de la maleta de María Elena resbalaron por mis sienes haciendo ese ruido hosco que no se decide entre está-vacía-no-está-vacía-está-vacía-no.

Y decidí que no, nuestras maletas no van vacías. Es precisamente la espera de la llamada telefónica y la promesa de que algún día irá a visitarlo lo que le alegra la Navidad a Aurora –más que cualquier cuota extra o subida de pensión–, tanto como en la maleta de María Elena viaja nuestro cuasi infantil deseo colectivo de conocer el mundo más allá de los productos racionados, de fechas conmemorativas y de los respectivos CDR. Nuestras maletas, en realidad, están llenas de cosas tan pequeñas que asombrarían al mundo si el mundo se atreviera a auscultarlas como es debido.

Un rato más tarde, mientras rebanaba lentamente generosas rodajas de pan y me alegraba hasta por las boronillas que desprendía la corteza dura, reí para mis adentros al evocar las caras de la gente en la cola cuando dije que para el próximo año me compraré un carro, tiraré la placa y me iré a los cayos un mes entero de vacaciones. No hice caso de Dagoberto cuando me dijo entre dientes, no hables más mierda que se van a poner para ti y tu ventana del fondo no tranca bien. Me limité a mirarlo fijamente con una seguridad que me nacía de no sé dónde, o sí sé, de las ganas de que la ley de atracción sea cierta y este creerme mis propias palabras me lleve al cabal cumplimiento de las mismas.

En una pantomima de triunfo regresé con mi flauta de pan bajo el brazo, a paso lento, imaginando las fachadas nuevas de mi calle, un arbolado simétrico y florido, la esquina libre de bolsas de basura y los vecinos con las manos llenas de bolsas de compras para celebrar este año que dará paso a uno mejor todavía. Imaginé la noche llena de luces, luces de verdad para poder vernos las caras los unos a los otros, intensas luces de colores por todos lados. Y estoy seguro de que hasta el filósofo, que vi recostado esta mañana a la columna rota de la bodega, mientras exhalaba el humo de su Criollo, reflexionaba sobre esta extraña cosa que llaman esperanza.

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