Matanzas: cuatro razones para un fiasco


Si combinamos el número de derrotas de los Cocodrilos de Matanzas en la ronda inicial de las dos últimas Series Nacionales, ni siquiera nos acercamos a la cantidad de descalabros que los yumurinos han acumulado esta temporada.

Si buscamos más profundidad y extendemos la búsqueda a la edición 52 del clásico beisbolero, primera en la que se utilizó el actual formato competitivo, los matanceros nunca han sumado 20 derrotas en los primeros 45 partidos, umbral que hace bastante tiempo sobrepasaron en la presente contienda.

Esta actuación ha sorprendido a la afición beisbolera de todo el país, ya adaptada a ver a los Cocodrilos como un rival incómodo y de buenos resultados, siempre metido en la lucha por la clasificación.

Y si el panorama ha cambiado tanto, hay que buscar las causas de la debacle, relacionada, en mi criterio, con fallas internas dentro del plantel y no con la paridad del campeonato o con la teórica superioridad de los rivales.

Veamos entonces cuatro aspectos que hicieron mella en las filas yumurinas, condenadas al sótano de la 58 Serie.

La metamorfosis

Los Cocodrilos del 2018 no son los mismos de campañas anteriores. Eso ya lo había alertado antes el mentor Víctor Figueroa, quien me enumeró a más de diez atletas que el elenco perdió en los dos últimos años. Entre ellos resaltaron Yordanis Samón, Víctor V. Mesa, Roberto Acea, Yohandry Ruiz, Alexander Rodríguez, Adrián Sosa, Javier del Pino…

A ellos hay que sumar también las ausencias de Jonder Martínez, Yurisbel Gracial y Ariel Martínez, contratados en ligas profesionales, las cuales bajaron todavía más el listón cualitativo de la novena.

“Me he quedado con un grupo de atletas que provienen del Sub-23 y no tienen el nivel para afrontar este béisbol”, me confesó Figueroa en una distendida charla en el clubhouse matancero.

Ciertamente, sin esas piezas el camino se pintaba más escabroso para los Cocodrilos, quienes, no obstante, jamás debieron terminar como el hazmerreír de la 58 Serie.

“La planificación fue jugar para un 50 por ciento y tratar de obtener algunas victorias adicionales contra rivales inferiores para llegar o superar las 24 victorias y asegurar al menos un puesto de comodín. Con los jugadores que teníamos, esa era una proyección razonable. No creo que el equipo debió terminar de una forma tan negativa”, precisó Figueroa.

Las señales

Caminar por las afueras del parque Victoria de Girón y ver cinco almas en pena tomando cerveza y hablando de cualquier cosa menos de béisbol me sorprendió. La temporada solo había comenzado, pero ya en los dominios de los Cocodrilos se apagaba el ambiente fantástico de las campañas anteriores y se levantaban las dudas sobre la (in)capacidad del equipo para asaltar nuevamente los puestos de cabecera.

La afición y allegados al equipo comentaban que las atenciones de las autoridades no eran las mismas y que los jugadores no tenían las condiciones mínimas para entrenar. El propio Figueroa dejó entrever cierto descontento, porque después del tercer lugar de la Serie 57 –resultado similar a los cosechados por Víctor Mesa en cuatro de sus seis temporadas en Matanzas– no hubo premio alguno para los protagonistas del séptimo podio consecutivo de la provincia.

Ya con el ambiente enrarecido, los dioses del béisbol enviaron una nueva señal a los Cocodrilos, que en el tercer partido del certamen perdieron a Aníbal Medina por un pelotazo en el rostro. “Es un jugador que inicia inning, que hala mucho. Perderlo nos complica bastante porque no tenemos un sustituto claro en la posición y en el rol de líder”, aseguró en su momento Figueroa.

La ausencia de hombres como Yurisbel Gracial limitó las opciones matanceras. Foto: Ricardo López Hevia.

Brecha central

Se dice, con toda la lógica del mundo, que la línea central es determinante en los destinos de un equipo. Pues bien, Matanzas, lejos de contar con una línea central de garantías, ha tenido un agujero negro en las posiciones de referencia, una brecha que no han podido tapar en la receptoría, alrededor del segundo saco y en el bosque del medio.

Los males, como ya comentamos, empezaron por la lesión de Aníbal Medina, que dejó totalmente descubierta la intermedia. Un total de seis jugadores pasaron por la posición sin resultados relevantes y con múltiples problemas para acoplarse al torpedero Juan Manuel Martínez, desquiciado por tener tantas “parejas” en tan poco tiempo.

La situación empeora cuando ese detalle se combina con la ausencia de un receptor seguro, capaz de guiar a los lanzadores y mantener a raya a los corredores oponentes, algo que ni Orlando Arencibia, ni Juan Elián Manrique, ni Evelio Joel Hernández, ni Lázaro Herrera lograron hacer. A ellos les robaron más de 45 bases en poco más de 60 intentos, con un por ciento de acierto de los contrarios superior al 70 por ciento.

“Si no tienes una línea central de garantías se te quedan jugadas de doble play sin concretar, lo cual, en muchas ocasiones, significa que no matas los rallys. Igualmente, si el receptor no saca outs en intentos de robo el rival adquiere una base adicional, entra en posición anotadora y sus posibilidades de hacer carreras crecen”, señaló Figueroa.

Otro factor a tener en cuenta es el pobre rendimiento de Eduardo Blanco, jardinero central que el pasado año estuvo a gran altura, al punto de ser convocado a preselecciones nacionales. Sin embargo, al parecer ese desgaste de todo un año compitiendo lo dejó sin gasolina en la 58 Serie, pues su bate no se sintió, tuvo un infame promedio defensivo para su posición y tan solo materializó una asistencia, muy por debajo de lo exigido teniendo en cuenta su poderoso brazo.

En sentido general la defensa de los jardines fue un desastre, por el pobre rango de cobertura, por la cantidad de errores y la incapacidad para facturar asistencias.

Bates “blandos”

En un campeonato donde se conecta un jonrón cada 52 veces al bate, los jugadores matanceros se “volaron” las cercas cada 76 apariciones oficiales en el cajón ofensivo. Su rendimiento no fue el peor, otros como Pinar del Río, Granma o Isla de Juventud (todos eliminados) quedaron muy por detrás en dicho apartado, pero ningún sufrió tanto para crear carreras mediante el bateo de largo alcance.

De la tanda yumurina, William Luis pudiera salvarse con un desempeño decente, porque los demás han quedado literalmente congelados, y no solo por la cantidad de vuelacercas, sino por la producción de extrabases en sentido general y el bajo slugging colectivo.

“No se impulsaron carreras. Muchos hombres terminaron con buen promedio, pero muy poca producción. Hicimos análisis de todo tipo para solucionar el problema y no se logró. Creo que incidió mucho el bloqueo mental de los jugadores al ver que las cosas no les salían. Eso alejó todavía más la posibilidad de un resultado”, puntualizó Figueroa.

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