Débora, la diva transformista


Hace 31 años, en una roída casa de Habana vieja, nació Leonardo. Desde muy niño, Leonardo sintió que no era una sola persona. Aunque su madre lo vestía de niño él quería ser ella. Nunca lo ocultó. Ya en la escuela primaria se encaramaba sobre los pupitres y bailaba sensuales danzas españolas, mientras sus compañeritos lo festejaban. Leonardo asegura que aquellos bailoteos fueron el primer acercamiento a Débora, la gran diva trans que es hoy.

La familia de Débora siempre fue muy comprensiva. No fue fácil, pero terminaron por consentir sus variadas identidades y sus tempraneros inicios en las artes amatorias. Era eso o eso. No tenían opción. “El amor lo puede todo”, dice Leonardo, mientras fuma, sentado en un antiguo sillón de la casa que lo vio nacer. Débora es un personaje que prorrumpió el día que Leonardo le pidió a su madre que quería celebrar sus 17 años tal cual como si fueran los 15 de cualquier jovencita. La madre accedió. Le compró su vestido y su corona. Aquella noche ocurrió su primer show transformista.

“La identidad no la da un papel, las personas te van a llamar como tú quieres que te llamen”, señala. Al terminar la escuela, su madre se esforzó para que siguiera estudiando. Leonardo eligió el gremio del comercio y la gastronomía y, una vez recibido el conocimiento, se empleó en un restaurante. Tenía 23 años y, hasta entonces, había contado con suerte y apoyo suficientes como para no dedicarse a la prostitución, labor que desempeñan muchas personas gais y trans para poder subsistir en un mundo abiertamente excluyente y marginador.

Una noche, en el restaurante, le propusieron hacer un show. Fue tanto el éxito que al cabo de algunos meses tuvo que elegir si seguía como empleado o se dedicaba totalmente a pulir su personaje.

“Empezar es difícil, la competencia es muy complicada y no es sana. Gracias a dios se me ha dado. Nunca tomé clases de actuación ni de canto” precisa la diva, junto a Michel, su novio desde hace 11 años.

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En 23 y O una puerta clandestina da al Karabalí. Un club gay que todos los viernes aloja la presentación de Débora en el horario estelar de la una de la mañana. La presentan como a una diosa. Ella salta al escenario: vestido brillante, peluca pulcrísima y maquillaje de emperatriz. La gente aplaude, la mira con admiración. Suenan las pistas y Débora deja cuerpo y alma en cada canción. Su show tiene tres números intercalados por otra artista trans que se dedica al humor ramplón. Sus aptitudes transformistas son incuestionables. Se parecen mucho a un don. Tres vestimentas y atmósferas musicales completamente diferentes y el mismo personaje: Débora, una mujer dura, arrogante, difícil, vanidosa, cara, bella. Una femme fatale, que no se deja comprar por nada ni por nadie. Algunos hombres le ponen billetes en su escote, ella se los arranca y, arrojándolos al suelo, los pisotea desdeñosamente.

En la intimidad de su casa, Leonardo se muestra más dócil, más sencillo e introvertido. Nada que ver con la insolencia de Débora. El lugar preferido de Leonardo, en todo el mundo, es su casa.  En su tiempo libre gusta de ir a parques de diversiones, visitar el zoológico y ver dibujos animados.

—Lo más difícil de ser artista en Cuba es el recurso. En este país hay mucho arte, pero poco dinero. Para mí todo es costoso. La vestimenta, las cabelleras, los cosméticos. Pero, afortunadamente gano muy bien.

Trabaja para las empresas estatales Caricato y Actuar. Sus compromisos laborales son demasiado exigentes. Solo descansa los domingos. No puede sacarse fotos ni hacer videos ni publicidades sin autorización de sus representantes. El costo de hacerlo sería perder el privilegio comercial que tiene su imagen como la segunda diva trans de Cuba. Pero el mejor pago que recibe no es económico, dice que lo que más la llena es que noche tras noche se topa con el cariño, la ponderación y el respeto de la gente.

—Aquí en Cuba el transformismo es doblar. Doblar una canción es mucho más difícil que cantarla. No sé ni una sola palabra de inglés pero modulo perfecto ese idioma. Me encanta mi trabajo y todo me sale desde muy adentro.

Débora, en su espectaculo en el club Karabalí. Foto: Dehian Cifuentes.

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La identidad de Leonardo es absolutamente trans: transexual, travesti y transgénero. Por momentos se siente una mujer plena y por momentos un hombre gay más. Le encanta la ropa femenina pero cuando no se quiere vestir como mujer se cambia. Sin drama. Expresa que no cree en las clasificaciones de ningún tipo y que, por el contrario, confía íntegra y ciegamente en el ser humano y su diversidad.

Asevera que en Cuba no hay manifestaciones homofóbicas y que la noche habanera es una noche abiertamente gay “porque lo gay es muy rentable, deja muy buenas ganancias. El 80% de los establecimientos nocturnos de la ciudad si no son directamente gays sí están abiertos, sin ningún problema, a nosotros. Es que cada vez somos más y marcamos tendencia”.

Asimismo es completamente consciente de que todo lo que tiene que ver con el universo trans es más complejo. La marginación es terrible porque es una comunidad que genera cambios de raíz “migrar de género, modificar tu cuerpo, eso no lo perdona la sociedad tan fácilmente –expone, mientras acaricia a su perro Beethoven- van a pasar varias generaciones, y el prejuicio contra los trans no se va a acabar. Los trans son revolucionadores del mundo. Son valientes porque son los únicos que no tienen problemas con ser quienes quieren ser y no se ocultan. Es la ruptura total del tabú de la sexualidad”.

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Débora es la inspiración para muchos jóvenes trans que están empezando. Ella se esmera por ayudarlos a que entren al mundo del arte y a que tomen buenas decisiones de vida, por eso pertenece, desde hace un par de años, al Centro Nacional de Educación Sexual. Sueña con ser reconocida internacionalmente (ya es famosa en Panamá) así como Leonardo sueña con consolidar su propia empresa de representación y producción de shows transformistas.

Su siguiente paso es ponerse implantes mamarios para optimizar y feminizar aún más su esbelta figura y, en un futuro no muy lejano, desea tener hijos.

—Todo está en ti. Hay que esforzarse y luchar por los sueños. Uno hace las cosas por uno mismo y por nadie más —concluye Leonardo, exhalando una aletargada bocanada de humo—.

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