El restaurante privado de La Habana donde los ancianos comen gratis


Es lunes 8 de octubre y Adela Angelbello, al ver el estado del tiempo en el noticiario matutino, piensa en no abrir su negocio, un local (de esos que aquí llamamos “paladar”) y que pudiera ser el primer restaurante solidario en el sector privado.

Por eso, mirando las nubes y chubascos asociados al huracán Michael, Adela medita y llega a la conclusión de que va a abrir porque —dice— “¡¿tú sabes la cantidad de gente que depende de uno?!”.

Natural de Ciego de Ávila, y con más de 40 años de edad, Adela es dueña de una paladar en la calle L, entre 17 y 19, en el Vedado habanero, donde almuerzan y comen vecinos y trabajadores del área por un precio que, comparados con otros, oscila entre medio y bajo. Lo más caro cuesta 60 pesos MN e incluye arroz, potaje y carne de carnero (cordero).

“Aquí vienen muchas personas de la tercera edad, solas, enfermas, y sin recursos. Lo noto por la ropa y los zapatos remendados, entre otras señales, y por eso les doy comida gratis; se hacen clientes míos”.

Cuando Adela dice clientes, en realidad se refiere a beneficiarios:

“Hace unos días se me murió una señora de las que yo ayudo”, dice con pesar. Aún guarda en su móvil los últimos mensajes de texto que intercambiaron. Puede leerse, además de mucho afecto, algo sobre la rotura de un refrigerador. Adela especifica que no solo ayuda a sus «viejitos» con comida, sino también cuando necesitan arreglar algún equipo electrodoméstico.

Una de las anécdotas que con más cariño recuerda es la que involucra a Pepín (José Telesforo Velazco Mujica) un señor de 92 años que le llevó la arrocera para que se la arreglara. Y ella lo hizo. Quizás porque aprendió de su madre, quien “durante toda su vida ayudó a los demás, incluso a riesgo de quitarse lo suyo”.

Y yo me pregunto si su razón es religiosa. Y ella me dice que no, que no practica ninguna creencia.

En este espacio lleva solo seis meses, pero su existencia prolifera a voces entre los vecinos del Vedado. Hay quienes la han acompañado, desde que tenía en la esquina de 17 un negocio conjunto con un familiar, al que nombraron Don Bello.

De ahí se fue, entre otras causas, para tener libertad de hacer lo que quisiera. “Nadie tiene que decirme que no haga esto o aquello, que no dé comida gratis”, sostiene.

 

“Hay cuentapropistas que solo se preocupan por hacer dinero pero hay que tener bondad. Quiero servir a las personas. Mírame, soy la dueña del negocio y yo misma cocino”, agrega.

Esta filosofía Adela la aplica desde hace años. Cuando vivía en Ciego de Ávila tenía un servicio de comida a domicilio e igualmente les llevaba una porción a algunos ancianos sin cobrarles un centavo.

“No sabes cuántas personas vienen y me dicen: Adela, cómo tú vas a regalar la comida, tú estás perdiendo; este es tu negocio. Hasta Pepín me lo ha dicho y a veces me pide que le cobre”.

Pero nada cambia.

“Ella me trae guiso hasta la casa, y no solo a mí, también a otros. Antes iba yo pero ahora, como ella viene, ya no tengo que caminar y la espero aquí”, dice Pepín, quien conoció a Adela gracias a su esposa, Esperanza. Ambos aseguran que nunca les ha gustado comer en la calle. Siempre han sido ellos solos y cocinan en casa para los dos. Sin embargo rompieron la rutina al conocer a esta mujer que les trae caldo gratis.

“Hacen falta muchas Adelas aquí en el Vedado, que es un barrio muy envejecido, aquí hay muchos ancianos”, recalca Esperanza, de 82 años.

“Yo aplaudo las acciones de Adela y sus dos hermanas, quienes además mantienen un negocio de calidad; se han mudado dos veces y continúan con su clientela; la gente las sigue a donde se muden”, dice Pepín.

***

Por el alquiler del nuevo espacio, Adela paga 2500 pesos al mes y lo tiene reservado por un año. Quiere ampliarse porque, con la clientela, siente que le “queda chiquito”. Aunque, aclara, no es por pretensión, sino para tener más comodidad.

Actualmente, junto a ella, cocina una de sus hermanas y ha contratado a otras cinco personas para diferentes tareas, por un salario de 700 pesos mensuales. Una muchacha de ojos azules, espirituana, me sirve el café y me dice: “no insistas en pagar, que ella no quiere cobrarte”.

La muchacha es graduada de Medicina Veterinaria en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias, de San José de las Lajas, y dice medio en broma que Adela les pregunta a quienes vienen por empleo si son de La Habana. “¡Si no son “de provincia” (otras provincias) no los contrata!”, sonríe.

Dice Adela que pensaba que yo andaba buscando trabajo cuando irrumpí en la paladar preguntando por ella. Me encontró parecido con una muchacha que hace poco la fue a ver.

Le respondo que quiero escribir sobre su negocio, y pide que hable con la gente y no con ella.

Van llegando algunas personas. El olor del ajiaco, de los garbanzos, no me deja preguntar. “No están todavía”, les dice a dos o tres que preguntan. Ellos le piden que les guarde para media hora después, dejan los pozuelos.

Al rato viene Aymé Pérez, una señora de unos 60 años, a recoger su pozuelo. Afirma que aquí hay calidad y cantidad, buen trato. “Cocinan muy bien, no tiene comparación con otros de por aquí; vengo dos veces entre semana a buscar frijoles y del fin de semana compro la comida del domingo”, comenta.

En Doña Adela almuerzan y comen trabajadores y vecinos de la zona, por precios preferenciales en comparación a los que ofrecen negocios privados en la zona. Foto: Luis Ruiz Morales

Un señor entrado en años y un joven, ambos trabajadores del Pan con Perro de 23 y L, degustan también sus platos de garbanzos. Vienen aquí —según dicen— todos los días a la salida del trabajo.

Más al fondo, una madre y su hijo de primaria. Estos vienen por primera vez.

A pesar de todo, Adela insiste en que “hoy es un día malo”. Lo es para ella porque está adaptada a ver gente entrando y saliendo de su paladar constantemente. Esa es la base del éxito de su negocio, que compite con otros particulares en la misma zona. Gana en dos puntos: la sumatoria de sus muchos clientes y sus buenas acciones de responsabilidad social. Todo a pesar de que Adela desconoce cualquier clasificación de lo que se pueda entender como un negocio “socialmente responsable”.

La experiencia de este restaurante, aunque estimulante y quizás única entre los establecimientos privados de gastronomía, tiene ideas semejantes en otras áreas del sector privado en Cuba. En los últimos años va creciendo el número de emprendedores que asumen un modelo de negocio responsable con la sociedad.

Emprendimientos responsables crecen en Cuba

Adela es una emprendedora empírica que ha creado una red funcional de intercambio con la comunidad. Pone un ejemplo: “aquí vienen a comer los trabajadores del agro (EJT) de 17 y K, con ellos tengo una relación tan estrecha que si llegan dos piernas de carnero o de cerdo, una es mía. Me la traen hasta aquí”.

Esta relación no es nada despreciable si se toma en cuenta que los precios de este agro son topados y es con sus productos con los que se abastece Doña Adela; por tanto, de alguna manera, su gentileza con otros bien vale una recompensa.

¿Para qué uno va a explotar a alguien?, si esto da de todas maneras, indica ella mientras sirve en un par de cazuelas un poco de ajiaco que le llevará a Pepín y a Esperanza, y a la casi nonagenaria Milda Mickleen. Esta última le abre la puerta y lanza: ¡Mamá!

Toma el ajiaco y agradece.

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