En la muerte de G. H. W. Bush: Dejarlo en paz también con JFK


En el extremo izquierdo de la foto, marcado con un óvalo, la persona que falsamente se identifica con George H. W. Bush.

Por Miguel Fernández Díaz

Hay hombres que hasta después de muertos dan pie para revirarlos contra otros aún con vida. Así sucede con el finado presidente 41 de Estados Unidos. La cobertura de sus funerales mostró hasta qué punto Donald Trump ha trastornado el orden mediático.

Luego de haber vilipendiado a George H. W. Bush (1924-2018) en vida, la prensa considerada liberal se desfogó en elogios tan intencionados como antes con el senador McCain. De este modo las únicas personas buenas del Partido Republicano serían aquellas que van muriendo y sus bondades radicarían sobre todo en haber sido diferentes a Trump. Una versión puritana en el Jeral hispano de Miami, por ejemplo, exaltó al finado Bush como estadista honorable, decente y gentil.

Así como la animadversión contra Trump hoy, la animadversión contra la CIA ayer propicia que no se deje descansar en paz a G. H. W. Bush. La acusación de ser cómplice en el asesinato del presidente 35, John F. Kennedy, se renovó en periódicos, revistas y blogs al filo de las recientes desclasificaciones (2017-18) de documentos. Esta imputación quedó formulada por Russ Baker en su libro Family of Secrets (2008) y John Hankey en su documental Dark Legacy (2009), pero no tiene ni pies ni cabeza, tal como puede apreciarse en el desfile de la prueba.

Un memo del FBI

El 29 de noviembre de 1963, Edgar J. Hoover notificó al Departamento de Estado que un agente del FBI en Miami había informado verbalmente a “George Bush of the Central Intelligence Agency” que la reacción del exilio cubano ante el asesinato del presidente Kennedy distaba mucho de incitar a incursiones contra Cuba, como venía rumoreándose.

Al salir a la luz pública este memo durante la campaña presidencial de Bush en 1988, la CIA metió la tapa con que este Bush era un tal George Williams. El aludido saltó enseguida y declaró bajo juramento no haber recibido del FBI tal info “during my time at the CIA”.

El general Fabián Escalante, ex jefe y actual historiador de la Seguridad del Estado cubana, maneja que Nixon reclutó a Bush en 1960 para recaudar fondos con destino a la Operación 40 contra Castro. Por este hilo muchos llegan al ovillo del “mecanismo cubanoamericano” de la mafia y la CIA para asesinar a Kennedy. Solo que este memo apenas acredita que el presidente de la compañía petrolera Zapata Offshore Drill, con sede en Houston, Texas, trabajaba ya para la CIA en 1963 y estaba en Miami a la semana siguiente del asesinato.

Amnesia selectiva

En su biografía no autorizada The Family: The Real Story of the Bush Dynasty (2004), la periodista investigativa Kitty Kelley desliza que, durante su campaña presidencial, G. H. W. Bush negó haber llamado al FBI el 22 de noviembre de 1963 para reportar el rumor de que un tal James Milton Parrot hablaba de matar al presidente cuando visitara a Houston, así como afirmó no recordar dónde estaba cuando Kennedy fue asesinado en Dallas (página 213).

Este pasaje biográfico suele esgrimirse para sugerir que Bush se sentía incómodo con el tema del asesinato de JFK, pero la amnesia, por muy selectiva que sea, nada prueba. Máxime si consta indubitadamente que aquel 22 de noviembre Bush voló a Tyler, Texas, y participó en un acto de su campaña para desbancar al senador Ralph Yarboroough. Allí recibió la noticia. Se lleva la rosca especulativa que la llamada al FBI fuera maniobra de encubrimiento.

Así como la agitprop castrista trata de tupir con que ciertas fotografías tomadas en Dealey Plaza (Dallas, Texas) el mismo día del asesinato acreditan la presencia de presuntos implicados como Howard Hunt, oficial de la CIA y futuro plomero de Watergate, e incluso Orlando Bosch, cierta prensa especulativa estadounidense ha metido el forro de que Bush aparece fotografiado nada menos que a la entrada del Almacén de Libros Escolares de Texas, a poco de ser baleado de muerte Kennedy, presuntamente desde el sexto piso de este edificio y por Lee Harvey Oswald. Vista de cerca, la foto muestra que no es Bush. Ni podía serlo, porque estaba en Tyler.

Una carta de De Mohrenschildt

El 5 de septiembre de 1976, George de Mohrenschildt, amigo de Lee Harry Oswald, fechó en Dallas de su puño y letra una carta a Bush, entonces director de la CIA, con la solicitud de que hiciera algo para aliviar la presión que sobre él ejercían “some vigilantes”, ya que el FBI no hacía caso a sus quejas.

En nota interna de la CIA, Bush precisó que conocía a De Mohrenschildt desde 1940. Era tío de su compañero de habitación [Edward G. Hooker] en la Academia Phillips (Andover, Massachusetts) y habría reaparecido en Dallas ya en los años 50. Bush contestó a De Mohrenschildt que comprendía su situación, al tornarse de nuevo “newsworthy” por el renovado interés en el asesinato de JFK que había despertado el Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre Asesinatos (HSCA, por sus siglas en inglés), pero que ninguna autoridad federal andaba detrás de él.

De Mohrenschildt era inmigrante ruso y geólogo especializado en petrolero. Residía en Dallas al enterarse de que un tal Oswald había regresado de la URSS con esposa e hija. Fue a visitarlo a Fort Worth, Texas, en el verano de 1962 y trabó amistad con él. Propició incluso que consiguiera empleo en Dallas, pero hacia junio de 1963 se trasladó a Haití y no vería más a Oswald.

Tras el asesinato de Kennedy, De Mohrenschildt pasaría por los trámites de la Comisión Warren (1964) y de la causa abierta por el fiscal Jim Garrison (1967-68). Aquí soltó ya que Oswald había sido un chivo expiatorio de quienes realmente habían matado a JFK.

El 27 de marzo de 1977, De Mohrenschildt recibió una tarjeta de Gaeton Fonzi, investigador del HSCA, quien deseaba verlo. Esa misma tarde apareció muerto con un tiro en la casa de Manalapan, Florida, donde se alojaba. El forense dictaminó suicidio. Nada en la secuencia factual indica que G. H. W. Bush tuviera algo que ver con el asesinato de Kennedy.

Ahora que G. H. W. Bush falleció, parece honorable, decente y gentil abstenerse de piruetas mediáticas, ya sean con relación a Trump o a Kennedy, para dejarlo en paz con ambos avatares de la historia.

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